Orwell – Matar a un elefante

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En Moulmein, en la Baja Birmania, fui odiado por un gran número de personas; se trató de la única vez en mi vida en que he sido lo bastante importante para que me ocurriera eso. Era subcomisario de la policía de la ciudad y allí, de un modo carente de objeto y trivial, el sentimiento antieuropeo era enconado. Nadie tenía agallas para promover una revuelta, pero si una mujer europea paseaba sola por los bazares, seguro que alguien le escupía jugo de betel al vestido. Como policía, yo era un blanco evidente y me atormentaban siempre que parecía seguro hacerlo. Si un ágil birmano me ponía la zancadilla en el campo de fútbol y el árbitro (otro birmano) hacía la vista gorda, la multitud estallaba en sardónicas risas. Eso sucedió más de una vez. Al final, los socarrones rostros amarillos de los chicos que me encontraba por todas partes, los insultos que me proferían cuando estaba a suficiente distancia, me alteraron los nervios. Los jóvenes monjes budistas eran los peores. En la ciudad los había a millares y ninguno parecía tener más ocupación que apostarse en las esquinas y mofarse de los europeos.
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Todo esto era desconcertante y molesto. Por aquel entonces yo había decidido que el imperialismo era un mal y que cuanto antes me deshiciera de mi trabajo y lo dejara, mejor. En teoría — y en secreto, por supuesto — estaba totalmente a favor de los birmanos y totalmente en contra de sus opresores, los británicos. En cuanto al trabajo que desempeñaba, lo odiaba con mayor encono del que tal vez logre expresar. En una ocupación como ésa se presencia de cerca el trabajo sucio del imperio. Los desgraciados prisioneros hacinados en las jaulas malolientes de los calabozos, los rostros grises y atemorizados de los convictos con condenas más largas, las nalgas laceradas de los hombres que han sido azotados con cañas de bambú; todo eso me oprimía con un insoportable cargo de conciencia. Pero no podía ver la dimensión real de las cosas. Era joven, no tenía muchos estudios y me había visto obligado a meditar mis problemas en el absoluto silencio que le es impuesto a todo inglés en Oriente. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico agoniza, y menos aún que es muchísimo mejor que los imperios más jóvenes que van a sustituirlo. Todo cuanto sabía era que me encontraba atrapado entre el odio al imperio al que servía y la rabia hacia las bestiecillas malintencionadas que intentaban hacerme el trabajo imposible. Una parte de mí pensaba en el Raj británico como en una tiranía inquebrantable, un yugo impuesto por los siglos de los siglos a la voluntad de pueblos sometidos; otra parte de mí pensaba que la mayor dicha imaginable sería hundir una bayoneta en las tripas de un monje budista. Sentimientos como éstos son los efectos normales del imperialismo; que se lo pregunten si no a cualquier oficial angloindio, si se lo puede pescar cuando no está de servicio.
3
Un día sucedió algo que, de forma indirecta, resultó esclarecedor. En sí fue un incidente minúsculo, pero me proporcionó una visión más clara de la que había tenido hasta entonces de la auténtica naturaleza del imperialismo, de los auténticos motivos por los que actúan los gobiernos despóticos. A primera hora de la mañana, el subinspector de una comisaría del otro extremo de la ciudad me llamó por teléfono y me dijo que un elefante estaba arrasando el bazar. ¿Sería tan amable de acudir y hacer algo al respecto? No sabía qué podía hacer yo, pero quería ver lo que ocurría, así que me monté en un poni y me puse en marcha. Me llevé el rifle, un viejo Winchester del 44 demasiado pequeño para matar un elefante, pero pensé que el ruido me sería útil para asustarlo. Varios birmanos me detuvieron por el camino y me contaron las andanzas del animal. Por supuesto, no se trataba de un elefante salvaje, sino de uno domesticado con un ataque de «furia». Lo habían encadenado, como hacen siempre que un elefante domesticado va a tener un ataque de «furia», pero la noche anterior había roto las cadenas y se había escapado. Su mahaut, la única persona que sabía cómo tratarlo cuando estaba en aquel estado, había salido en su busca, pero había errado el camino y se encontraba a doce horas de viaje. Por la mañana, el elefante había irrumpido de pronto en la ciudad. La población birmana no tenía armas y se veía bastante indefensa ante el animal. Ya había destrozado la choza de bambú de alguien; había matado una vaca, asaltado varios puestos de fruta y devorado la mercancía; también se había encontrado con el furgón municipal de la basura y, nada más bajar el conductor de un salto y poner pies en polvorosa, había volcado el vehículo y arremetido violentamente contra él.
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El subinspector birmano y algunos agentes de policía indios me estaban esperando en el barrio en que había sido visto el elefante. Se trataba de un barrio muy pobre, un laberinto de sórdidas chozas de bambú con tejados de palma que se extendía sobre la escarpada ladera de una colina. Recuerdo que era una mañana nublada, bochornosa, al principio de la estación de las lluvias. Empezamos a interrogar a la gente acerca de qué dirección había tomado el elefante y, como de costumbre, no logramos obtener ninguna información concreta. Eso es lo que ocurre en Oriente sin excepción; una historia siempre parece estar clara a cierta distancia, pero, cuanto más te acercas al lugar de los hechos, más confusa se vuelve. Algunas personas decían que el elefante se había ido en una dirección, otras afirmaban que había tomado una dirección distinta, otras manifestaban no haber oído hablar siquiera de ningún elefante. A punto estaba de creer que toda la historia no era más que una sarta de mentiras cuando oímos unos gritos no muy lejos de allí. Fue un berrido agudo y horrorizado de: «¡Fuera de ahí, niño! ¡Fuera de ahí enseguida!», y una vieja con una vara en la mano apareció de detrás de una choza, espantando con violencia a un montón de niños desnudos. La seguían algunas mujeres más, haciendo chascar la lengua y dando voces; era evidente que había algo que los niños no deberían haber visto. Rodeé la choza y vi el cadáver de un hombre que yacía extendido sobre el fango. Era un indio, un culí drávida negro, medio desnudo; no podía llevar muerto muchos minutos. La gente decía que, de repente, al doblar la esquina de la choza, el elefante se había abalanzado sobre él, lo había agarrado con la trompa, le había puesto la pata sobre la espalda y lo había enterrado en el suelo. Era la estación de las lluvias, el terreno estaba blando y su cara había dibujado una zanja de dos palmos de hondo y un par de metros de largo. Estaba boca abajo con los brazos en cruz y la cabeza bruscamente torcida hacia un lado. Tenía el rostro cubierto de fango, los ojos desorbitados, los dientes a la vista y apretados en una mueca de insoportable tormento. (Por cierto, que nadie me diga jamás que los muertos tienen una expresión apacible. La mayoría de cadáveres que he visto tienen un aspecto infernal.) La fricción de la pata de la enorme bestia le había arrancado la piel de la espalda con la misma pulcritud con que se desuella un conejo. En cuanto vi al muerto mandé a un ordenanza a la casa cercana de un amigo en busca de un rifle para elefantes. Ya había enviado de vuelta el poni, porque no quería que enloqueciera de miedo y me tirara al suelo si olía el animal.
5 El ordenanza regresó al cabo de unos minutos con un rifle y cinco cartuchos. Mientras tanto habían llegado algunos birmanos y nos habían dicho que el elefante se encontraba en los arrozales de más abajo, a sólo unos cientos de metros. Al emprender la marcha, casi toda la población del barrio salió de sus casas y me siguió en tropel. Habían visto el rifle y exclamaban emocionados que iba a matar el elefante. No habían mostrado mucho interés en el animal cuando se limitaba a arrasar sus hogares, pero era diferente ahora que lo iban a matar. Para ellos se trataba de un momento de diversión, igual que lo habría sido para un público inglés. Además, querían la carne. Aquello me hizo sentir un poco incómodo. No tenía intención de matarlo -tan sólo había ordenado que trajeran el rifle para defenderme en caso de necesidad- y siempre resulta enojoso que te siga una multitud. Me dirigí colina abajo, con apariencia y sensación de idiota, el rifle echado al hombro y un creciente ejército de personas empujándose tras de mí. Una vez abajo, cuando las chozas quedaban atrás, había un camino de grava y, más allá, una lodosa extensión de arrozales de casi un kilómetro de ancho, aún sin arar, pero empapada por las primeras lluvias y salpicada de malas hierbas. El elefante estaba a unos ocho metros del camino, dándonos el flanco izquierdo. No le hizo ningún caso a la multitud que se acercaba. Arrancaba manojos de hierba, los golpeaba contra las rodillas para limpiarlos y luego se los llevaba a la boca.
Me había detenido en el camino. En cuanto vi el elefante tuve la absoluta certeza de que no debía matarlo. Matar un elefante útil para el trabajo es algo serio -es comparable a destruir una máquina enorme y cara- y claro está que no debe hacerse si hay forma de evitarlo. Además, a aquella distancia, comiendo apaciblemente, el elefante no parecía más peligroso que una vaca. Pensé entonces, y pienso ahora, que el ataque de «furia» ya se le estaba pasando, en cuyo caso se limitaría a vagar de forma inofensiva hasta que regresara el mahaut y lo capturara. Es más, no tenía la menor intención de dispararle. Decidí que lo observaría durante un rato para asegurarme de que no volvía a enloquecer y luego me iría a casa.
7 Sin embargo, en aquel momento miré alrededor, a la multitud que me había seguido. Era un grupo numeroso, de al menos unas dos mil personas, y crecía a cada minuto. Bloqueaba un largo tramo del camino en ambas direcciones. Contemplé ese mar de rostros amarillos sobre los ropajes chillones; semblantes felices y exaltados por ese instante de diversión, convencidos de que iba a matar el elefante. Me miraban como habrían mirado a un prestidigitador a punto de realizar un truco. Yo no les gustaba, pero con el rifle mágico entre las manos valía la pena mirarme por un momento. Y de repente me di cuenta de que al final tendría que matarlo. La gente esperaba que lo hiciera y debía hacerlo; sentí sus dos mil voluntades empujándome a actuar, de modo irresistible. Y fue en ese instante, estando ahí con el rifle en las manos, cuando comprendí por primera vez la vacuidad, la futilidad del dominio del hombre blanco en Oriente. Ahí estaba yo, el hombre blanco con su rifle, ante la multitud nativa desarmada, el presunto protagonista de la obra; pero, en realidad, no era más que una absurda marioneta manipulada por la voluntad de aquellos rostros amarillos que tenía detrás. Entendí en ese momento que, cuando el hombre blanco se vuelve un tirano, es su propia libertad la que destruye. Se convierte en una especie de monigote hueco y afectado, la figura estereotipada de un sahib. Porque es condición de su gobierno pasar la vida intentando impresionar a los «nativos», y por eso en cualquier crisis debe hacer lo que los «nativos» esperan de él. Se pone una máscara, y su rostro acaba por adaptarse a ella. Tenía que matar el elefante. Me había comprometido a hacerlo cuando mandé a buscar el rifle. Un sahib debe actuar como tal; debe parecer resuelto, saber lo que piensa y tomar decisiones. Haber recorrido todo ese camino, rifle en mano, con dos mil personas desfilando tras de mí, y alejarme luego sin más, sin haber hecho nada… no, eso era imposible. La multitud se reiría de mí. Y toda mi vida, la vida de todo hombre blanco en Oriente, era una larga lucha para evitar que se rieran de uno.
8 Sin embargo, no quería matar el elefante. Lo contemplé mientras golpeaba su manojo de hierba contra las rodillas, con ese aire de abuela ensimismada que tienen los elefantes. Me parecía que matarlo sería un asesinato. A mi edad no tenía ningún reparo en matar animales, pero nunca había disparado contra un elefante ni había tenido nunca ganas de hacerlo. (No sé por qué siempre parece peor matar un animal grande.) Además, había que tener en cuenta a su dueño. Vivo, el elefante valía por lo menos cien libras; muerto, sólo valdría lo que dieran por sus colmillos, quizá cinco libras. Pero debía actuar con rapidez. Me dirigí hacia unos birmanos que parecían tener cierta experiencia y que ya estaban allí cuando llegamos, y les pregunté cómo se había comportado el elefante. Todos respondieron lo mismo: no te hacía ningún caso si lo dejabas en paz, pero podía atacar si te acercabas demasiado.
9 Tenía perfectamente claro lo que debía hacer. Debía acercarme, digamos, a unos veinticinco metros del elefante para poner a prueba su comportamiento. Si atacaba, podía disparar; si no me prestaba atención, resultaría seguro dejarlo tranquilo hasta que regresara el mahaut. Sin embargo, también sabía que no iba a hacer tal cosa. No era muy bueno con el rifle y el suelo era un fango blando en el que te hundías a cada paso. Si el elefante atacaba y erraba el tiro, tendría más o menos las mismas posibilidades que un sapo bajo una apisonadora. Pero ni siquiera entonces pensaba especialmente en mi pellejo, sólo en los atentos rostros amarillos que tenía detrás. Y es que, en aquel momento, con la multitud observándome, no sentía miedo de la forma habitual, como lo habría sentido de haberme encontrado solo. Un hombre blanco no debe asustarse en presencia de «nativos»; y por eso, en general, no se asusta. Lo único que podía pensar era que, si algo salía mal, aquellos dos mil birmanos me verían perseguido, atrapado, pisoteado y convertido en un cadáver con una mueca en la cara como aquel indio en lo alto de la colina. Y, si eso llegaba a ocurrir, era bastante probable que unos cuantos se rieran. No podía ser.
10 Sólo quedaba una alternativa. Cargué los cartuchos en la recámara y me eché al suelo en mitad del camino para apuntar mejor. La multitud se quedó en silencio e innumerables gargantas exhalaron un suspiro profundo, grave, emocionado, como el del público que ve por fin alzarse el telón en el teatro. Después de todo, iban a tener su instante de diversión. El rifle era un hermoso artefacto alemán con mira de precisión. Por aquel entonces no sabía que para matar un elefante hay que disparar trazando una línea imaginaria de un oído a otro. Por lo tanto, ya que el elefante se encontraba de lado, debí haber apuntado directamente a un oído; en realidad, apunté varios centímetros por delante, pensando que el cerebro estaría algo avanzado.
11 Cuando apreté el gatillo no oí la detonación ni sentí el culatazo -eso nunca sucede si el disparo da en el blanco-, pero sí escuché el infernal rugido de júbilo que se alzó de la multitud. En aquel instante, en un lapso de tiempo demasiado breve, habría cabido pensar, incluso para que la bala llegara a su destino, un cambio misterioso y terrible le sobrevino al elefante. No se movió ni cayó, pero se alteraron todas las líneas de su cuerpo. De pronto pareció abatido, encogido, inmensamente viejo, como si el horrible impacto de la bala lo hubiese paralizado sin derribarlo. Al final, después de un rato que pareció larguísimo -me atrevería a decir que pudieron haber sido cinco segundos- le fallaron las rodillas y cayó con flaccidez. Babeaba. Una enorme senilidad pareció apoderarse de él. Podría haberse imaginado que tenía miles de años. Volví a dispararle en el mismo lugar. Al segundo impacto no se desplomó sino que se puso en pie con desesperada lentitud y se mantuvo débilmente erguido, con las patas temblorosas y la cabeza gacha. Realicé un tercer disparo. Ése fue el que acabó con él. Pudo verse cómo la agonía le sacudía todo el cuerpo y le arrebataba las últimas fuerzas de las patas. Al caer, no obstante, pareció por un momento que se levantaba, ya que mientras las patas traseras se doblegaban bajo su peso, se irguió igual que una gran roca al despeñarse, con la trompa apuntando hacia el cielo como un árbol. Barritó, por primera y única vez. Y entonces se vino abajo, con el vientre hacia mí, y produjo un estrépito que pareció sacudir el suelo incluso donde yo estaba tumbado.
12 Me levanté. Los birmanos ya me habían rebasado y se apresuraban a cruzar el lodazal. Era evidente que el elefante no volvería a levantarse, pero no estaba muerto. Respiraba de forma muy acompasada, con largos y sonoros jadeos, el enorme bulto de su flanco subía y bajaba con dolor. Tenía la boca muy abierta; alcancé a ver las profundas cavernas rosa pálido de la garganta. Esperé durante largo tiempo a que muriera, pero su respiración no se debilitaba. Por último descargué los dos tiros que me quedaban en el lugar donde pensé que estaría el corazón. La sangre espesa manó como terciopelo rojo, pero siguió sin morir. Ni siquiera se estremeció cuando lo alcanzaron los disparos, su torturada respiración continuó sin pausa. Se estaba muriendo, muy despacio y con gran agonía, pero en un mundo alejado de mí en el que ni siquiera una bala podía hacerle ya daño. Sentí que debía poner fin a aquel espantoso sonido. Era espantoso ver a la enorme bestia allí tumbada, incapaz de moverse y, aun así, incapaz de morir, y no lograr siquiera acabar con ella. Mandé a buscar mi rifle pequeño y le descerrajé un tiro tras otro en el corazón y por la garganta. No parecieron causar ningún efecto. Los torturados jadeos continuaron con tanta regularidad como el tictac de un reloj.




13 Al final no pude soportarlo por más tiempo y me marché. Más tarde oí que había tardado media hora en morir. Los birmanos acarreaban dagas y cestos incluso antes de que me fuese, y me contaron que por la tarde ya lo habían despojado de la carne casi hasta los huesos.
14 Después, cómo no, hubo interminables conversaciones sobre la muerte del elefante. El dueño estaba furioso, pero no era más que un indio y no pudo hacer nada. Además, según la ley yo había hecho lo correcto, ya que a un elefante loco hay que matarlo, como a un perro loco, si su dueño no consigue dominarlo. Entre los europeos hubo división de opiniones. Los mayores me dieron la razón, los más jóvenes dijeron era una auténtica lástima sacrificar un elefante por haber matado a un culí, porque un elefante era más valioso que cualquiera de esos dichosos culís coringhee. Y después me alegré mucho de que el culí hubiese muerto; así la ley me ponía de su lado y me daba el pretexto suficiente para matar el elefante. A menudo me pregunté si alguno de ellos se dio cuenta de que lo había hecho sólo para evitar parecer un idiota.

MATAR UN ELEFANTE
Traducción de Laura Manero
y Verónica Canales


LA PUTA DE BABILONIA

LA PUTA, LA GRAN PUTA, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio, la del Índice de los Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó a Constantinopla y bañó de sangre a Jerusalén; la que exterminó a los albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas; la estafadora de viudas, la cazadora de herencias, la vendedora de indulgencias; la que inventó a Cristoloco el rabioso y a Pedropiedra el estulto; la que promete el reino soso de los cielos y amenaza con el fuego eterno del infierno; la que amordaza la palabra y aherroja la libertad del alma; la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertad de culto donde no manda; la que nunca ha querido a los animales ni les ha tenido compasión; la oscurantista, la impostora, la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz; la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana; la antisemita, la esclavista, la homofóbica, la misógina, la carnívora, la carnicera, la limosnera, la tartufa, la mentirosa, la insidiosa, la traidora, la despojadora, la ladrona, la manipuladora, la depredadora, la opresora; la pérfida, la falaz, la rapaz, la felona; la aberrante, la incosecuente, la incoherente, la absurda; la cretina, la estulta, la imbécil, la estúpida; la travestida, la mamarracha, la maricona; la autocrática, la despótica, la tiránica; la católica, la apostólica, la romana; la jesuítica, la dominica, la del Opus Dei; la concubina de Constantino, de Justiniano, de Carlomagno; la solapadora de Mussolini y de Hitler; la ramera de las rameras, la meretriz de la meretrices, la puta de Babilonia, la impune bimilenaria tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar.

Fernando Vallejo. La puta de Babilonia. Bogotá: Planeta. 2007

AGUSTIN GARCIA CALVO (Sermón de ser y no ser)

 

 

 

(Esta es una nueva anotación que rescato de elpaís.com de un blog en que recopilé poemas que me gustaban de otros y algunos mios mezclados tímidamente. Este es un texto muy interesante. Desde mi juventod siempre ha estado en mi memoria. No caeré en la trampa de hacer una crítica, (k.)) 

SERMON DE SER Y NO SER . AGUSTIN GARCIA CALVO

…Ea, ¿qué?: después de todo,

¿es por ventura culpa de los seres mismos

ser lo que son? ¿Acaso ahora saben ellos

lo que hacen? ¿O lo sabes tú, que todavía

enarcas el entrecejo y alzas vanamente

el iracundo puño? Míralos abajo,

de la ventanilla del avión que nos arrastra:

hela ahí la tierra toda ya cuadriculada

de remiendos pardos de barbecho y otros verdes

surcos tan iguales, y por las laderas

árboles al tresbolillo, y carreteras negras

y canales destelleantes que las van cruzando

¡con qué orden y capricho! ¡Cuáles hormiguitas

hacendosas y discretas! ¿Ves?: ni se las oye

ni se las ve siquiera; y hasta tiene gracia

ese polvo luminoso que de sus ciudades

transpira por la noche; y estos ramalazos

de fuego que hacia nuestro trimotor escupen

sus baterías, ¿no son una fiesta breve

de la sombra eterna? Cierto que es verdad que tienen

una condenada naturaleza, si es que puede

llamarse naturaleza a semejante cosa:

a los pechos de la ley los han criado, y ellos

se enredan en las mallas, como leoncillos

nacidos ya en el circo, cuya vida nada

puede ser sino esa su prisión y, dentro de ella,

la intermitente fiebre de debatirse contra

la red inextricable. Así los ves que trazan

linderos en el mapa infinito, y dicen:

De aquí hasta aquí, doscientas trece hectáreas mías”,

y plantan los mojones y las alambradas,

que al que las tocó le abrasan los alambres mismos;

y apuñalan a la hembra que le dijo: “Tuya

para siempre”, y que una tarde, como pasa, cuando

se transforma el otro en uno, se les fue con otro.

Porque es que lo que atenta contra las fronteras

de su posesión está a los límites atentando

de su definición y abriendo puerta a todos

los vientos de la malsegura noche, en donde

su muerte sienten amanecer: esto es, la muerte

de su ser. Y así, son hombres o mujeres, parias

o capitalistas, justos o perversos, indios

o norteamericanos; porque lo que importa

es ser lo que se es. Por eso se ha inventado

la guerra y las verdades y el Amor y tantos

ministerios laborales; y por eso mienten

y, en conscuencia, matan, y si el caso llega,

se matan ellos mismos, demostrando en vivo

que la vida ya no es nada, sino en todo caso,

del ser materia propia.Y hasta son, por cierto,

tan necios y pedantes que , tras el invento

de la familia, y la nación, y la persona,

y las clases, y las razas, izan todavía

la bandera de la Humanidad y se proclaman

del Hombre defensores y de sus derechos

naturales, y los hombre, irrisoriamente,

se hacen humanistas, como los alemanes

devenían alemanistas, o como oficinistas

los oficinistas, y los leones, si pudieran,

se harían leonistas,o como era Lope

lopista por esencia. Bien, así son ellos;

¿quién va a negarlo? Pero y ¿qué? Aquí ¿a qué viene

todo eso? ¿A quién leimporta? ¿Quién lo dice? Eso

que son no era lo que aquí cantar querías,

sino aquellos que parece que puedan asimismo

no ser. Empresa dura y desairada ésta

de cantar lo que no es. Pues ¿quién te paga? ¿Quiénes

van a agradecértelo? Ni escribes sinfonías

para bandas militares ni a los batallones

de trabajadores les compones algun hímno

que acompase el ritmo de sus brazos, ni novelas

que lean en el metro, ni sagaces hojas

que expongan a los jóvenes los mecanismos

de la explotación, ni grabas tan siquiera discos

que animen a las parejas en la cama y viertan

el consuelo de la pena de averiguar que acaso

el amor era también producto del consumo

del tiempo libre. Así que entonces, ¿para quiénes?

¿Que fundación, qué suscripción, qué Dios, qué ojos

sonrientes de muchacha, qué palmada amiga

en el lomo va a venir a sustentarte para

seguir desarrollando el tema de la gloria

de no ser? Como no esperes que las ovejas tontas

o los escasos linces que queden por la tierra,

o las estrellas, o los juncos de los ríos,

vayan a pagarte…Pero nada son; pues todo

lo que es lo es el Hombre, y hasta ellos hombre

son a sus manera. Ni tampoco cuentes con que

tú mismo vayas a pagarte la fatiga

de decir las loas a la nada; que tú mismo

tampoco eres diferente de los otros:

eres ellos. Nada ganaré: la cara inversa

del ser no es moneda. Pero todavía,

si premio ya ninguno hubiera, pero al menos

se pudiera…Mas me temo, al roce de estos labios,

que el no ser mismo se convierta en una rosa,

una bandera más que guíe por las calles

batallones enardecidos de la fe en la nada

negativa. Pero, en fin, de todas las maneras,

¿qué vas a hacer? Te han enseñados a hablar: revientas

si no hablas. Y además encima quieren que esta

carnosa boca y estos ojos en que ardía

la miel del sueño, y esta mano de catorce

nudillos, tus rodillas y tobillos y este

dorado cuerpo tenga que morirse un día

cualquiera, por el hecho de que yo me muera,

sin protestar. Pues ea, sigue ya adelante,

sermón el más ingrato que jamás saliera

de boca humana. Lo que si tendrás cuidado

con una cosa : para decir las alabanzas

de aquello que no es nada, no te irás derecho

al bulto, no caerás estúpido en la trampa

de decir la nada misma, sino que astutamente

hablarás un poco de las cosas infinitas

que los seres pueden ser: al ser por su palabra

cogerás, que dice que él,que es uno, al mismo tiempo

es muchos; golpeando infatigablemente

sobre el ser al rojo vivo,irás manifestando

su naturaleza de materia plástica, hasta

que gritarle puedas, devolviéndole su propio

insulto habitual:”La que es una cualquiera

no es nadie”; y de ese modo, sin decir la nada,

que es hacerla ser, habrás colaborado a hacerla

la indecible nada de los seres. Ahí los tienes:

míralos, tan móviles y tan dóciles a toda

querencia, como gusanos verbeneando, prestos

a trocarse a cada paso de gusano en queso,

de queso en gusano al punto,y otra vez en queso

de gusano, y en gusano impenitentemente

de queso; metamorfosis éstas, por supuesto,

meramente nominales:pues lo que llamaban

ámbito ni circunstancias eran asimismo

los circundados, que a su turno circunstantes

eran a la vez. Porque ello es que todo es causa

de todo, y todos uno.

 

 

LEON FELIPE (EL HACHA)

 

…Los muertos vuelven,
vuelven siempre por sus lágrimas
(el muchacho que se fué tras los antílopes
regresará también).
Nuestras lágrimas son monedas cotizables;
guardadlas todas ¡todas!
para las grandes transacciones.
Hay estrellas lejanas
¡y yo sé lo que cuestan!

EL HACHA
ELEGIA ESPAÑOLA

 

¡Oh, este dolor,
este dolor de no tener ya lágrimas;
este dolor
de no tener ya llanto
para regar el polvo!
¡Oh, este llanto de España,
que ya no es más que arruga y sequedad…
mueca,
enjuta congoja de la tierra,
bajo un cielo sin lluvias,
hipo de cigueñal
sobre un pozo vacío,
mecanismo, sin lágrimas, del llanto!
¡Oh, esta mueca española,
esta mueca dramática y grotesca!
Llanto seco del polvo
y por el polvo;
por el polvo de todas las cosas acabadas de España,
por el polvo de los muertos
y de todas las ruinas de España,
por el polvo de una casta
perdida ya en la Historia para siempre!

(…)

 

¿Por qué qué habéis dicho todos
que en España hay dos bandos,
si aquí no hay más que polvo?
En España no hay bandos,
en esta tierra no hay bandos,
en esta tierra maldita no hay bandos.
No hay más que una hacha amarilla
que ha afilado el rencor.
Un hacha que cae siempre,
siempre,
siempre,
implacable y sin descanso
sobre cualquier humilde ligazón;
sobre dos plegarias que se funden,
sobre dos herramientas que se enlazan,
sobre dos manos que se estrchan.
La consigna es el corte,
el corte,
el corte,
el corte hasta llegar al polvo,
hasta llegar al átomo.
Aquí no hay bandos,
aquí no hay bandos,
ni rojos
ni blancos
ni egregios
ni plebeyos…
Aquí no hay más que átomos,
átomos que se muerden

 

(…)
¡Qué viejo veneno lleva el río
y el viento,
y el pan de tu meseta,
que emponzoña la sangre,
alimenta la envidia,
da ley al fratricidio
y asesina el honor y la esperanza!
(…)
Tuya es el hacha, tuya.
Más tuya que tu sombra.
Contigo la llevaste a la Conquista
y contigo ha vivido
en todos los exilios.
Yo la he visto en América
–en México y en Lima—.
Se la diste a tu esposa
y a tu esclava…
y es la eterna maldición de tu simiente.
(…)
Y el hacha cae ciega,
incansable y vengativa
y se prolonga;
sobre todo lo que se congrega
sobre la gavilla
y el manojo,
sobre la espiga
y el racimo,
sobre la flor
y la raiz,
sobre el grano y la simiente,
y sobre el polvo mismo
del grano y la simiente.
(…)
Habrá llanto de sobra para el hombre
y agua amarga
para las dunas calcinadas…
salitre para todos,
mañana
¡para todos el mar!
El mar solo otra vez, como al principio,
y el hombre solo, al fin, con su conciencia.
¡Para todos el mar!
y el hombre solo, solo,
sin tribu,
sin obispo
y sin espada.
Cada hombre solo, solo,
sin Historia y sin grito,
con el grito partido
y las escalas y las sondas rotas.
Cada hombre solo. Yo solo
solo, sí,
solo,
solo,
flotando sobre el mar,
sobre el lecho profundo de mi llanto
y bajo el palio altivo de los cielos,
altivi,
silencioso
y estelar.
(…)
Mañana
para todos el mar…
sobre la zorra y sobre el buitre, el mar;
sobre el cobarde el mar;
sobre el obispo y su amatista, el mar;
sobre mi carne el mar;
sobre el desierto, el mar;
y sobre el polvo y sobre el hacha, el mar.
¡El mar,
el mar,
el mar solo otra vez, como al principio!
¡el llanto…el mar!